La cárcel de la que nadie quiere escapar

21/07/2017 Comentarios
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Los reos tienen dentista, menú especial para diabéticos, teléfono abierto para llamar a Derechos Humanos y un taller que les permite exportar bolsas a Canadá e Inglaterra. Es el penal mejor calificado por la CNDH.

San Miguel de Allende, Gto.- Todo hacía pensar que el lugar estaría repleto de tecnología de punta: sistemas de observación aérea, tarjetas inteligentes de identificación o escáneres de metales, explosivos, drogas y sustancias tóxicas. También esperábamos ver un ejército de custodios para mantener a raya a los internos en un amplio perímetro entre la entrada del penal y la calle o decenas de cámaras de videovigilancia de circuito cerrado… Pero no.

La mejor cárcel de México es una modesta, pero funcional, instalación localizada al oriente de esta ciudad guanajuatense, donde se le apuesta más al trabajo psicológico y a la actividad laboral de los reos que al uso de la fuerza.

Son alrededor de 280 internos los que habitan en el Centro Estatal de Reinserción Social de San Miguel de Allende y que asisten a talleres de carpintería, repujado, papiroflexia y cinturones piteados. Pero su mayor hit es el taller de bolsas de mimbre e hilo plástico, pues los reclusos han llegado a exportar sus productos a Canadá e Inglaterra.

Los presos de San Miguel tienen acceso a revisiones dentales periódicas y menú especial para los que son diabéticos. Pueden tomar cursos de alfabetización, primaria, secundaria y bachillerato; aunque también está la opción de una licenciatura, que para acceder a ese nivel deben mostrar buena conducta, pues los estudios superiores implican su traslado al penal vecino de Valle de Santiago.

En este centro los reclusos tienen derecho a llamar por teléfono las veces y el tiempo que lo deseen, siempre y cuando sus tarjetas tengan crédito. Y los números para llamar a las comisiones estatal y Nacional de los Derechos Humanos (CNDH) son gratuitos.

La estancia en el penal de San Miguel de Allende llega a ser tan favorable que, en una ocasión, una familia solicitó que se postergara la liberación de su interno, pues tenían miedo de no contar con los recursos para darle el tratamiento médico contra la diabetes y la hipertensión, que tras las rejas le era proporcionado con toda puntualidad.

Sin olor a cárcel

El recorrido por el penal de San Miguel comienza con una breve escala en la recepción, donde se puede ver colgada de una pared la certificación de la Asociación Americana de Prisiones (ACA, por sus siglas en inglés), organismo de Estados Unidos que en 2015 avaló el trato humano a los internos, la capacitación de los custodios, el buen funcionamiento de las instalaciones y la pertinencia de los programas de reintegración social.

Para acceder, todos debimos mostrar identificación oficial y anotar nuestros nombres en la carpeta de visitantes, sin importar si somos o no autoridades. El reglamento indica que toda persona que entra al Centro debe colocarse en esa posición para ser auscultado por el personal de seguridad, para impedir el ingreso de armas o sustancias nocivas.

Una vez registrados, cada uno desfilamos por un cubículo donde hay dos huellas de pies marcadas en el piso y huellas de manos estampadas en la pared de enfrente. Al salir de la revisión, sobre el pasillo están dos líneas rojas en el piso que indican dónde pararse y hacia dónde mirar. Los visitantes deben quitarse los lentes y la gorra o sombrero —si fuera el caso— y mirar durante tres segundos a las cámaras frontal y posterior para ser grabados por el sistema de videovigilancia.

En esta cárcel se barre y trapea tres veces al día, por lo que el olor a limpiador de pisos es evidente. “Hace años, cuando comencé a trabajar en el sistema penitenciario, al llegar a casa la familia me decía: ‘hueles a cárcel’, porque en la mayoría de las celdas de los penales hay poco aseo y escasa ventilación. Eso ya no pasa ahora”, comenta Gregorio Nicasio Fonseca, director del Sistema Penitenciario de Guanajuato, quien sostiene que la higiene es la primera señal de orden. “Cuando no hay limpieza se da el mensaje equivocado de que hay posibilidad de burlar la disciplina”, agrega.

La clásica escena de las celdas donde las ventanas y los barandales se han vuelto tendederos de ropa, en el centro de San Miguel no existe. En el patio, cerca de las canchas de baloncesto y futbol fue habilitada una zona de tendido y cada reo tiene dos horarios específicos a la semana para lavar su ropa, pues está prohibido hacerlo en los dormitorios.

Justo el día de la visita los noticiarios de radio daban a conocer el motín en el penal de las Cruces de Acapulco, el cual se saldó con 28 personas muerta y varios heridos. Las autoridades de San Miguel aseguran que, al menos en los últimos cinco años, en este penal no ha ocurrido un solo intento de fuga y las riñas no han pasado de puñetazos entre dos o tres reos.

Sopa de pasta y picadillo

Ejecentral entró a los talleres y hasta la cocina de la cárcel justo a la hora de la comida. A las dos de la tarde en punto, uno de los celadores ordena a los internos que se encuentran laborando que es hora de dirigirse al comedor. Ese día sirvieron sopa de pasta, picadillo, puré de papa y agua de limón.

Aunque muchos de los reclusos reanudarán sus labores después de los alimentos, ninguno puede pasar con seguetas, pinzas o martillos; la instrucción es entregar sus herramientas y una hora después, cuando hayan acabado de comer, solicitarlas nuevamente.

Entre la cocina y los talleres fue habilitado un módulo donde se almacenan todas las herramientas. En las paredes fueron empotradas hojas de madera pintadas de amarillo con la silueta de cada utensilio en color negro. Cada instrumento cuelga de un clavo.

“El objetivo de este sistema es que podamos identificar de inmediato si hace falta alguna lima, algunas pinzas o algún otro instrumento; si fuera el caso, se lanza una alerta, la población es llevada al patio y se realiza una revisión hasta que aparezca la herramienta”, comenta Nicasio.

Para poder a la cocina, olfatear los alimentos, observar la limpieza del lugar y conversar con quienes preparan la comida, reportero, fotógrafo y los acompañantes debieron colocarse una cofia y un cubrebocas. Las autoridades refieren que el Sistema Penitenciario cuenta con nutriólogos que diseña el menú para todos los reclusorios y que aquellos que padecen diabetes tienen derecho a una preparación especial de sus alimentos.

Sobre una de las paredes de la cocina está colocado un cuadro con el “Distintivo H”, sello que otorga la Secretaría de Turismo federal a los mejores hoteles y restaurantes del país. Se trata de una certificación que avala que los alimentos que se preparan en establecimientos fijos cumplen altos estándares de higiene.

“Pronto estaremos juntos”

Benjamín es uno de los habitantes más hábiles del penal para confeccionar los cestos y bolsas que se venden bien en Inglaterra. Ingresó hace dos años a la prisión por el delito de robo, pero aún no le dictan sentencia. Cada día le dedica entre cuatro y seis horas al tejido de mimbre e hilo plástico.

“Yo pienso que es bueno ocuparse en estas actividades”, dice el interno de 37 años. “Podría encerrarme en mi celda y no salir, como hacen algunos de mis compañeros, pero eso no deja nada bueno, porque lo único que consigue uno son malos pensamientos”, añade.

Las creaciones de Benjamín llegan a venderse hasta en dos mil 500 pesos cada pieza, dinero que le sirve para apoyar a su esposa y a su hijo de cuatro años. El personal de la Dirección de Control del penal les ayudan a hacer los trámites para la exportación de los artículos, así como para elaborar un catálogo de productos que también es llevado a las ferias de artesanías del estado para su venta.

›Los reclusos tienen permitido traer consigo hasta 400 pesos por semana y si tuvieran un ingreso mayor como producto de sus ventas o por suministro de la familia, la administración del penal se encarga de guardarlo.

El dinero de los reos es  gastado en una pequeña tienda de abarrotes instalada a un costado del patio principal, la cual es manejada por personal penitenciario. Pero las bolsas no son las artesanías en las que más se esmera Benjamín. “¿Quiere saber cuál es mi obra favorita?”, pregunta el reo. Y de inmediato saca de su cajón un camión de madera de unos 50 centímetros de largo.

“Es para mi hijo, pues ya mero es su cumpleaños”. Aún falta lijarlo y pintarlo, pero el artesano ya sabe la leyenda que le pondrá en la parte posterior: “Pronto estaremos juntos”.

Refundirse en la cárcel”, “purgar condena” o “pudrirse en su celda” son conceptos que han sido erradicados entre los encargados de dirigir este penal. El lenguaje utilizado por Erika Rivera Villalobos, psicóloga del centro, incluye términos como “proyecto de vida en reclusión”, “calidad de la estancia” y “terapia psicodinámica para mantener al cerebro apto para la reinserción”.

Los protocolos de la Subdirección Técnica de la cárcel de San Miguel de Allende incluyen un estudio individualizado que consiste en nueve sesiones con cada persona que es internada.El objetivo es identificar conductas de riesgo, determinar si existen problemas de adicciones y preparar al reo para acatar las reglas dentro del penal, así como para adaptarse al plan de actividades psicológicas.

Examinar el comportamiento del interno, diseñar proyectos de vida aun privados de la libertad —con actividades laborales, educativas, deportivas y lúdicas— han hecho posible que el centro sea gobernable, sostiene Rivera Villalobos.

Agrega que otro factor que mantiene el orden es el hecho de que la mayoría de los internos proviene de comunidades rurales, “por lo que predomina la gente pasiva, que asimila con relativa facilidad los programas de trabajo que tenemos aquí”. Esta prisión cuenta además con un “tamizaje” que permite tener indicadores sobre los niveles de proclividad al suicidio, a la desesperanza, a la depresión, a la violencia o a la segregación. Cada dos años, relata la terapeuta, toda la población penitenciaria resuelve test psicológicos que le permiten a las autoridades conocer los padecimientos emocionales más frecuentes, así como los niveles de conflictividad en las instalaciones, datos que son útiles para tomar medidas preventivas.

El trabajo del equipo psicológico del Centro Estatal de Reinserción Social cuentan con el apoyo de dos tanatólogos que forman parte de la asociación civil Casa, la cual se especializa en ayudar a las personas a superar la sensación de pérdida.

Si bien la tanatología se aplica a pacientes desahuciados o a personas que han perdido a un ser querido, la aplicación en el ámbito penitenciario ayuda a los internos a vivir de mejor manera la pérdida de la libertad y la falta de contacto con el entorno familiar y social.

Paso redoblado

“Con su permiso, señor”, exclama el jefe de custodios para solicitar la atención de Arturo Castañeda Tovar, director reclusorio, quien se encontraba en junta, explicando detalles sobre el funcionamiento del centro. “Preguntan los reos si hoy no habrá ‘orden cerrado’”, notifica el uniformado, a lo que el directivo instruye que se realice si todos los internos han cumplido con sus tareas del día.

“Orden cerrado” se le denomina a la actividad física que realizan los internos en el patio, dos o tres veces por semana, y que consiste en hacer formaciones al estilo de los militares en las que reciben instrucciones para marchar, hacer paso redoblado y tomar distancia por tiempos.

“Si viera cómo lo disfrutan y cómo lo piden”, refiere Castañeda. “Eso nos ayuda muchísimo para que tengan una actividad física y al mismo tiempo se mantenga el orden interno”.

El jefe de custodios añade que el “orden cerrado” también tiene efectos psicológicos entre la población penitenciaria, pues se habitúa a recibir y seguir instrucciones, lo que reduce el riesgo de problemas de gobernabilidad.

dibujo

Libertad de pensamiento. El presente dibujo fue elaborado ex profeso por Miguel, interno del penal de Allende, para esta edición

Conflictividad

A escala nacional, el acto violento que ocurre con mayor frecuencia en las cárceles de México son las riñas, con un total de 979en 2016  (694 sucesos en penales estatales o municipales y 285 en federales).

El segundo lugar lo ocupan las protestas internas, con 362 casos en un año (361 en centros estatales y uno en federales).

En tercer lugar están los homicidios, con 85 casos en prisiones locales;  el cuarto lugar lo ocupan los suicidios, con 26 (24 en Ceresos y dos en Ceferesos) y en quinto sitio están los motines, con cinco casos en centros estatales. En los últimos cinco años, el penal de San Miguel de Allende no ha reportado ningún incidente de esa naturaleza. Además de las terapias psicológicas, la actividad laboral, el buen funcionamiento de las instalaciones y el trato digno al interno, otro de los factores que contribuye al orden en el penal guanajuatense es que no hay hacinamiento, pues está al 90% de su capacidad.

En los últimos cinco diagnósticos de la CNDH, los penales de Guanajuato han figurado en los primeros lugares por su buen funcionamiento, logro que, según Fonseca, se debe a que el gobierno estatal le ha apostado a poner al frente de los distintos centros a gente capacitada y con trayectoria en el ámbito penitenciario.

Es decir, los directores de los penales no son los amigos o los compadres del gobernador o de los secretarios. Se trata de personal que tiene al menos 10 años de trabajar en cárceles y eso es clave si quieres combatir el problema del autogobierno, las riñas y el deterior de las instalaciones”, afirma Nicasio Fonseca, quien informó que en los cinco años que lleva la presente administración, el gobierno estatal ha invertido alrededor de 700 millones de pesos en todo el sistema penitenciario.

Para salir de la zona de celdas es necesario colocar la mano dentro de una caja oscura que emite una luz ultravioleta. El objetivo del dispositivo es identificar un sello que fue colocado a la entrada y que es invisible a la vista. Nadie que no traiga esa marca puede abandonar el penal.

”Cuando no hay limpieza en el penal se da el mensaje equivocado de que hay posibilidad de burlar la disciplina”. (Fotos: Jorge Villalpando /ejecentral)

vara alta. Las cárceles que buscan una certificación de la ACA deben cumplir con 40 estándares básicos obligatorios y con 90% de 97 estándares no obligatorios en las áreas de: seguridad, protección, orden, nutrición y cuidados a la salud; programas y actividades de rehabilitación, administración y gestión, y justicia.

PENALES 2

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