El síndrome de Robin Hood pervertido

27/07/2017 Comentarios

Las escenas son tan dramáticas como chocantes. Hasta 200 agentes de la policía y un helicóptero vigilan a las aproximadamente 400 personas que marchan en duelo detrás del féretro de El Ojos, líder del “grupo delictivo grande y violento” o “banda de narcomenudeo”, como lo definen unas autoridades que insisten que el crimen organizado o los cárteles de la droga no operan en la Ciudad de México.

El ambiente tenso ante los cateos de la policía y la actitud retadora de algunos familiares o amigos de El Ojos, no oculta el homenaje al líder caído, en medio de la lluvia se escuchan porras y el grito de “Se ve, se siente, Felipe está presente”.

Postal de una profunda descomposición política y social, retrato de la forma en que el crimen y la violencia penetran y se arraigan en la vida de las comunidades. Lo que no es muy diferente a lo ocurrido en otras regiones del país: organizaciones criminales con capacidad para desarrollar lealtad y capital social gracias a la movilización de recursos derivados de actividades criminales hacia poblaciones devastadas por la pobreza, la desigualdad y la falta de oportunidades. Un síndrome de Robin Hood pervertido.

“El Ojos” había sido señalado por controlar la venta de droga en la delegación Tláhuac, y presuntamente  en el campo de Ciudad Universitaria de la UNAM. (Cuartoscuro)
“El Ojos” había sido señalado por controlar la venta de droga en la delegación Tláhuac, y presuntamente
en el campo de Ciudad Universitaria de la UNAM. (Cuartoscuro)

Una cascada de distribución de recursos con múltiples beneficiarios: criminales, servidores públicos, el sistema financiero, las comunidades… con costos terribles e incalculables, pues ocurre gracias a la extensión de la violencia y la multiplicación de sus víctimas. Las propias comunidades beneficiadas por el súbito acceso a recursos económicos, migajas de las actividades criminales, quedarán atrapadas inexorablemente por las consecuencias de la violencia y la destrucción del tejido social.

Detrás de este proceso destructivo está la erosión de las capacidades del Estado mexicano y el descrédito en que han caído las autoridades en todos los órdenes de gobierno. El problema central es la descomposición de la esfera pública y la degeneración institucional a las que nos han arrojado la corrupción, la irresponsabilidad política y la impunidad. No podemos engañarnos, la dimensión del crimen y la violencia, así como el síndrome de Robin Hood pervertido, sólo son posibles bajo el manto protector de los pactos de impunidad.

Enfrentamos una combinación explosiva: pérdida acelerada de la legitimidad del Estado, incompetencia e irresponsabilidad de autoridades voraces y ciclos de violencia incrementales en un contexto de exclusión económica, política y social. Nuestras autoridades, partidos y precandidatos no lo entienden, volcados en mirarse el ombligo de las agendas electorales, pero es momento de discutir seriamente el fracaso de una política de seguridad que ha extendido la violencia e incrementado las víctimas sin reducir la corrupción y la impunidad.

México requiere repensar las cosas, definir una estrategia de seguridad y consolidación del Estado de derecho que parta de mejorar los diseños y capacidades institucionales, que persiga realmente la corrupción y la impunidad, pero que también proteja a las personas y comunidades reduciendo las condiciones de exclusión y desigualdad que sufren.

Reproducir inercialmente las mismas estrategias fracasadas, impulsadas por autoridades desacreditadas e instituciones fracturadas, implica aceptar la violencia e impunidad como destino y, entonces sí, sólo nos quedará ponernos en manos de la fortuna.

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