CIUDAD DE MÉXICO (apro).– Un día antes de su fallecimiento un 28 de marzo hace 77 años en las aguas del Ouse, North Yorkshire, cerca de su casa de verano en Lewes, Adeline Virginia Woolf (Londres, 25 de enero de 1882) fue recordada en una semblanza mexicana cuyo encabezado rezaba: “Virginia Woolf, considerada la mejor escritora del siglo XX”

Más allá de tan contundente panegírico planchado de Wikipedia, hoy dedicamos este espacio a la relación entre la autora de Flush y la música, siguiendo el emotivo estudio publicado hace un lustro por Emma Sutton, Virginia Woolf and Classical Music: Politics, Aesthetics, Form (Edinburgh University Press, 171 pp.), donde se reproduce parte de la misiva redactada en 1940 en la que Virginia confiesa:

“Yo pienso en todos mis libros como si fueran música, antes de escribirlos.”

Ya desde 1899 había manifestado que la música y no la literatura es el arte que le parecía “más cercano a la verdad”. La investigación de Sutton compara el vasto complejo narrativo de Virginia con la música, así como el universo de muchos de sus ensayos y cuentos cortos, relacionándolos particularmente a compositores de la talla de Bach, Beethoven, Mozart y Wagner, además de mencionar a los músicos amigos suyos Dame Ethel Mary Smyth, DBE (Londres, 23 de abril de 1858-Woking, Surrey, 8 de mayo de 1944), Nadia Boulanger (París, 16 de septiembre de 1887-22 de octubre de 1979), Ralph Vaughan Williams (Down Ampney,12 de octubre de 1872-Londres, 26 de agosto de 1958), y Bruno Walter (Berlín, 15 de septiembre de 1876-Beverly Hills, 17 de febrero de 1962). Escribe Emma Sutton:

“Si bien las cartas de Woolf abundan con referencias al respecto, la música formó parte de su vida social de la misma forma que para sus contemporáneos, y ella se mostraba como una excelente redactora humorística en dichas ocasiones.

“Ella registra con júbilo varios percances que acontecieron a músicos y públicos (una prima donna ofuscada tirando al suelo partituras; el botón que se le desprendió al chaleco de Clive Bell durante el movimiento lento de una sonata para piano; un hombre maduro desplomándose ruidosamente, pero para su fortuna sin resultar herido en las escalinatas del Covent Garden). Los convencionalismos sociales, artificios y presunciones que imperan durante dichos conciertos la intrigan y le permiten afilar su ingenio; pero la música no sólo es una excusa para desplegar un humor bufonesco o hacer sátira social.

“Jugaba un papel central en la visión política de la narrativa de Woolf, alimentando su conocimiento y dando forma tanto a representaciones del feminismo y la sexualidad, pacifismo y consmopolitismo, o a las de las clases sociales y las del anti-semitismo. Al mismo tiempo, la música le brindaba información para experimentar formalmente con su prosa. Woolf aprendió muchas de sus sorprendentes innovaciones a partir de la música (adoptando de las óperas de Wagner, por ejemplo, la técnica de virar desde una perspectiva narrativa a otra para representar los pensamientos no verbalizados y los sentimientos de sus personajes).”

El relato corto “A Simple Melody” (ca. 1925), encapsula su sagaz interés en la música y su retumbante aunque discreto espacio que tiene para su oficio. Ahí, el personaje principal George Carslake disfraza su fastidio en una fiesta formal cuando analiza una pintura de un paisaje colgada en la pared:

Al menos al señor Carslake le parecía muy bella porque, mientras estaba de pie en el rincón, desde donde podía admirarla, tenía el poder de componer y de apaciguar su mente. Él sentía que la imagen le daba proporción a sus emociones, ¡con lo desperdigadas y desordenadas que estaban en una fiesta como esta! Era como si un violinista estuviera tocando una vieja melodía inglesa, perfectamente serena, mientras la gente apostaba y tropezaba, maldecía, hurtaba y rescataba a quienes se estuvieran ahogando, demostrando increíbles –aunque innecesarios—raptos de habilidad. Él mismo no podía dar un espectáculo.

(“Una melodía simple”, relato traducción de Carolina Orloff y Michaela Ortelli, tomado de Cuentos completos de Virginia Woolf, Ediciones Godot, Argentina, 2015.)

“Las dificultades de la comunicación y la importancia de lo que no se dice son temas centrales de esta breve obra de Woolf. He aquí una historia acerca del lenguaje y sobre la comunicación. Las inhibiciones restringiendo la charla entre los invitados a la fiesta, y la dificultad de hallar ‘puras palabras nuevas’ con las cuales expresar sus sentimientos, frustran al señor Carslake. Mientras mira la pintura de un brezal, el señor Carslake se imagina caminando sobre él con diversos acompañantes, anhelando la intimidad y la igualdad de clase que él contempla como una característica de la conversación al fresco, en contraste con la decente y trivial plática:

Caray, ellos muy bien podrían conversar acerca de sus propios gustos durante una hora entera; y todos de la manera más libre, muy sencilla, de tal modo que él, o Mabel Waring, o Stuart […] querrían explicar a Einstein, o hacer alguna declaración –alguna demasiado privada tal vez—(él sabía que podría ocurrir) – para que saliera de forma bastante natural.

“La asociación de él con la canción a partir del paisaje, sugiere que la música, al igual que aquellas pláticas imaginadas al aire libre, representa una forma ideal o más directa de comunicación por encima del lenguaje, un pensamiento que la escritura de Woolf explora repetidamente. Ella se sentía fascinada (y a un tiempo cautelosa) por la idea de que la música era una forma de expresión total, un modelo al que la escritura muy bien podría aspirar o que pudiera imitar.

“Aquí, la comparación del señor Carslake de la pintura con una ‘vieja canción inglesa’ celebra la expresividad de la música y la capacidad de conferir orden a sus lectores, pero asimismo evoca el amplio nacionalismo contemporáneo en la escritura alrededor de la canción folclórica, el paisaje y la música antigua de los compositores y maestros del Renacimiento Musical Inglés. El señor Carslake apunta que él recientemente había asistido a la Exposición del Imperio Británico en Wembley, en donde se tocaron canciones folklóricas inglesas y marchas militares: él las juzgó ‘bastante aburridas’ y ‘creía que no habían sido un éxito’. Aquellos detalles que van de lo sublime a lo ridículo socavando el nacionalismo y la música militar, sugiriendo que a él le chocaban, como a la misma Virginia Woolf…

“Las alusiones a la música permiten también a Woolf poner a flor de piel la vida interna de sus personajes… La historia gira en torno a la asociación contemporánea de la música con la homosexualidad, implícita eventualmente con la descripción del señor Carslake como un ‘pez reina’ cuyos ‘afectos’ hacia su mayordomo son tema de especulación entre sus amistades…

“En su primera novela, The Voyage Out, la heroína toca una sonata de Beethoven al piano que por lo común se considera ‘imposible’ de ejecutar por una mujer, aumentando las conexiones de su elevado feminismo. En Night and Day, las referencias a Mozart critican el poder de la sociedad patriarcal y en Jacob’s Room una interpretación de Tristán contribuye a innumerables alusiones para atacar el tráfico bélico de la sociedad eduardiana y sus actitudes imperiales. En The Years, el recuento de una actuación del Sigfrido de Wagner combate el notable antisemitismo del compositor, empleando la ópera para fijar ella actitudes de gran simpatía hacia los judíos en la novela.”

Emma Sutton es catedrática emérita de la Universidad de St Andrews. Ha producido una vasta variedad de programas radiofónicos acerca de música, bellas artes y literatura, publicando los volúmenes Aubrey Beardsley and British Wagnerism in the 1890s (2002) y Opera and the Novel (con Michael Downes, 2012). Editó The Voyage Out en Cambridge University Press, y un libro sobre Leonard Sidney Woolf (Londres, 25 de noviembre de 1880-14 de agosto de 1969), quien fuera marido de Virginia.