“Ustedes no se van hasta que yo les diga”, músicos cuentan sus experiencias en narcofiestas

16/09/2018 Comentarios

“Es lo malo de este trabajo, te contrata gente borracha o drogada y, sin exagerar, hasta te secuestran con pistola en mano cuando ya te quieres ir, y al final ni te pagan”, cuenta Idelfonso, un músico norteño para explicar el peligro de su trabajo.

 En el natalicio número 58 del mítico rey del narcocorrido, el sinaloense Chalino Sánchez, asesinado luego de una presentación en Culiacán en 1992, algunos músicos norteños localizados en la frontera de Baja California ―estado que junto con el sur de California fue la base desde la que despegó su corta pero recia carrera musical― nos hablan de los peligros de ejercer este oficio que le escribe al amor y le canta al crimen.

Cada uno de estos músicos, innumerable cantidad de veces ha interpretado sus feroces y ásperas canciones, ha simulado su desollada y gangosa voz, pero sobre todo, ha experimentado la amenaza y los riesgos de cantar en la frontera norte de México. Un territorio en donde la violencia se normaliza al bailable y estruendoso ritmo de un narcocorrido.

Platicamos con estos músicos para conocer un poco más de su vida cotidiana, lee los testimonios abajo.

IDELFONSO- CHICALI NORTEÑO

El trabajo de músico norteño es arriesgado por el tipo de clientes. Los narcos, por ejemplo, se ofenden cuando se sienten despreciados. Si te marcan y no puedes ir a su reunión —porque ya tienes un compromiso o por equis motivo—, te la sentencian y valió madres. Una vez un cuate nos contrató para tocar, fuimos a un rancho a las afueras de la ciudad y tocamos las cinco horas que nos pidió. Acabamos el repertorio y cuando estábamos juntando los instrumentos nos dice el cuate: “¿Qué pasa? ¿A dónde van?” Y como yo dirigía al grupo le contesté: “No pos’ ya se acabaron las cinco horas, aparte ya nos cansamos”. “¡Ni vergas, ustedes no se van hasta que yo les diga, órale cabrones, a tocar!”, nos gritó apuntándonos con su pistola. ¿Qué hace uno si alguien se pone loco y te apunta con su arma? Hasta eso que sí nos pagó las horas extra que tocamos, pero nos trató muy mal, ni agua nos quiso dar. “Vienen a trabajar no a refrescarse”, nos dijo cuando le pedimos algo para la sed.

Platicamos con estos músicos para conocer un poco más de su vida cotidiana, lee los testimonios abajo.

IDELFONSO- CHICALI NORTEÑO

El trabajo de músico norteño es arriesgado por el tipo de clientes. Los narcos, por ejemplo, se ofenden cuando se sienten despreciados. Si te marcan y no puedes ir a su reunión —porque ya tienes un compromiso o por equis motivo—, te la sentencian y valió madres. Una vez un cuate nos contrató para tocar, fuimos a un rancho a las afueras de la ciudad y tocamos las cinco horas que nos pidió. Acabamos el repertorio y cuando estábamos juntando los instrumentos nos dice el cuate: “¿Qué pasa? ¿A dónde van?” Y como yo dirigía al grupo le contesté: “No pos’ ya se acabaron las cinco horas, aparte ya nos cansamos”. “¡Ni vergas, ustedes no se van hasta que yo les diga, órale cabrones, a tocar!”, nos gritó apuntándonos con su pistola. ¿Qué hace uno si alguien se pone loco y te apunta con su arma? Hasta eso que sí nos pagó las horas extra que tocamos, pero nos trató muy mal, ni agua nos quiso dar. “Vienen a trabajar no a refrescarse”, nos dijo cuando le pedimos algo para la sed.

En una ocasión habló un hombre al teléfono celular para contratarnos. Pregunté cómo sabía de nosotros solamente para saber a qué atenerme. “Los vimos tocar en una fiesta y nos gustó mucho”, contestaron. Quedé medianamente conforme con la respuesta pero cuando le pedí que me dieran la dirección de la reunión me explicó que debíamos esperar a que fueran por nosotros a un punto sobre la carretera. Sentí una mala vibra pero a veces uno ocupa el dinero y ni modo, se debe tomar el riesgo.

Llegaron dos camionetas: una se fue enfrente de nosotros y la otra atrás, como para que no huyéramos. Todo era extraño en la supuesta fiesta. Había hombres encapuchados y armados con metralletas, pero también sus esposas y sus hijos. Nadie parecía disfrutar la reunión, se veían preocupados, inquietos, como si algo estuviera a punto de pasar o alguien a punto de llegar. No bebían mucha cerveza, creo que nosotros estábamos tomando más. Tampoco nos pedían canciones o cantaban o hacían el intento de bailar como es la costumbre. Era una fiesta fea y triste, como una anciana sumamente maquillada que llora sin parar. Los hombres encapuchados se metían cocaína sin quitarse el pasamontañas enfrente de sus hijos, pero con nosotros no se metían, es más, ni volteaban a vernos. De todos modos también estábamos tensos y nerviosos esperando una ráfaga de balazos o que llegara el ejército y nos detuviera a todos. Por eso para no tener invitaciones de ese tipo es que tratamos de no interpretar narcocorridos.

He tenido que tocar hasta 27 horas seguidas porque entre amenazas así lo ha pedido el cliente y ahí no hay mucho que hacer. Recuerdo una vez que nos llevaron a un ejido y nos encerraron bajo llave en una tipo hacienda. Del viernes en la noche hasta el domingo en la madrugada estuvimos tocando sin parar. Nomás iba al baño y tomaba agua. Los clientes solamente eran seis narcos, armados, que se metían mucha cocaína y se turnaban para dormir unas horas. Dos de mis compañeros sí se estuvieron metiendo polvito para aguantar. Terminé encabronado y les dije a los narcos: “Oigan, no se vale, ustedes duermen y se retacan de coca la nariz y yo nomás de pendejo cante y cante; no soy sonido disco”.

Sé de memoria unas 2 mil 500 canciones. Es bueno saberte muchas rolas porque la clientela se ofende cuando no te sabes una que te piden, en el fondo piensan que no quieres cantarla. Y eso da pie a que, ya borrachos, quieren quitarte algún instrumentos para tocarlo ellos como si fuera un simple juguete o a que te quitan el sombrero para tomarse fotos ; eso es algo de muy mal gusto, pero de plano cuando te escupen la cara sí hay que tomar medidas.

Me gusta el grindcore. A veces me dedico a vender botas y sombreros a crédito. Pienso que los nuevos narcocorrido son más violentos y directos, por eso quienes los escuchan están más enfermos de la mente. Nací en la sierra de Sinaloa cerca de Durango. En este ambiente hay peligro por todos lados. Si una muchacha en una fiesta te hace ojitos, te halaga o te saca a bailar, uno no debe seguirle el rollo porque normalmente son mujeres enojadas con el esposo al que le quieren dar picones ―celos―. Qué tal si es un narco y se enoja, ya ves lo que le pasó a Sergio de K-Paz de la Sierra.

JUAN – LOS ESTEROS

En este trabajo hay todo tipo de clientes y peligros que hacen que nuestra vida penda de un hilo. Clientes que no pagan cuentas de 7 mil pesos por sus huevos y ni demandarlos porque no hay contrato de por medio. Clientes que nos disparan a los pies con su rifle de alto calibre porque nos ven como bufones. Y clientes que nos apuntan con su pistola mientras cantamos y esperamos un balazo en la frente porque el bato anda muy loco ―drogado―, metiéndose coca y fumando mota.

A veces no es solamente la falta de paga sino que no te dejan ir, sobre todo si estás a las afueras de la ciudad. Ya una vez nos pasó. Nos tuvieron encerrados dos días y en el tercero, en la madrugada, se quedaron dormidos pensando que no nos escaparíamos porque tenían bajo llave nuestros instrumentos, pero nos valió madre. Ni modo. Tuvimos que abandonar nuestras cosas e irnos corriendo por una brecha. Perdimos paga y equipo. Es el problema de cantar en fiestas de mañosos que no sabes que lo son. Como dicen, caras vemos, corazones no sabemos.

Hace tiempo nos llamaron a una reunión —por decirlo de alguna manera—, porque ni alcohol había, solamente bebidas energéticas y té helado. Eran cuatro muchachos en la sala de una casa jugando un videojuego de karate y peleas. No estaban solos, había dos prostitutas. De vez en cuando las muchachas nos volteaban a ver porque la escena era ridícula: muchachos jugando con la televisión, nosotros tocando música norteña y ellas sentadas, viendo y sin hablar. Estuvimos así un rato hasta que los dos muchachos que habían perdido más juegos debían cumplir su castigo. El castigo era cogerse a las chicas frente a todos y al mismo tiempo cantar la canción, Javier Torres de los Llanos ―en referencia al ex capo del cártel de Sinaloa, Javier Torres Félix― , del grupo Calibre 50, mientras nosotros la tocábamos.

Soy de Michoacán. A mediados de los años 80 me vine a la frontera y conseguí documentos para trabajar en Estados Unidos. Me establecí en Coachella ―a una hora y media de la frontera de Mexicali―. Ahí me dediqué a sembrar cilantro, uva, chile y dátil y como siempre me ha gustado la música norteña, por las tardes ensayaba a veces con un grupo, a veces con otro. En esos años conocí a Chalino Sánchez, porque a veces contrataba músicos para que lo acompañaran en sus presentaciones que hacía en Coachella. Yo estaba tocando con él cuando lo quisieron matar en el restaurante Los Arcos. Siempre se ponía sus pistolas y sus carrilleras, eso lo salvó. Por eso siempre digo que en este trabajo hay todo tipo de clientes y peligros que hacen que nuestra vida penda de un hilo. Si Chalino Sánchez era cobrador de cuentas y matón, ese es otro asunto, porque la verdad era un buen compañero.

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